martes, 15 de octubre de 2013

DESDE MI TORRE: TRIANA EN FIESTAS


Triana siempre gusta de lucirse cuando llegan sus grandes celebraciones de la Semana Santa, el Corpus, la salida hacia Almonte de su Hermandad del Rocío y, de cara al escaparate de la Ciudad, en su Velá de Señá Santa Ana. Mi barrio, con todos sus hijos, por no se sabe qué cordón genético, se baja al recuerdo de sus alfares y sus añejas fragüas y siempre se convierte en pueblo, en un pueblo sencillo que alfombra sus calles de juncia y romero, que tapiza sus fachadas de mantones de Manila y colchas artesanas, sábanas de lino con olor a lavanda, y que monta improvisados altares que causan admiración. Huele a tahonas y a aguardiente mañanero, a puro Cazalla de gozo y de satisfacción en los rostros. Triana escucha un cohete y ya se echa en tromba a la calle en la seguridad de que algo magnífico va a ocurrir en los próximos momentos. No hay ocasión grande o mínima que mi arrabal desaproveche para que sus habitantes luzcan sus encantos tradicionales.

El Domingo de Ramos es el del señorío. Mujeres y hombres, mocitas y quinceañeros, niños y niñas, saben que ese es un día especial en el que no se puede ir vestido de cualquier manera. Ese Domingo de Palmas es un domingo de estrenos. Lo dice el refrán, según la liturgia de Sevilla: "El Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene pies ni manos". Triana sabe de ver salir el primer avión de reacción de España por el gran portalón de la Hispano -tal como hace unos días nos recordaba José Luis Jiménez en "Triana en la Red"-; Triana sabe de los primeros barcos a vapor; de los primeros azulejos de reflejos metálicos; de los más antiguos y señeros gremios de Sevilla; de marineros valientes y aguerridos, carpinteros y calafates de ribera; de grandes artistas del cine, la copla, el flamenco y el toreo; de zagas de capataces y de los primeros adiestrados costaleros... Nada se le resiste en su afán narcisista de predominio sobre el resto de las collaciones. Y, cuando llegan las fiestas, sea por lo que sea, fiesta para el cuerpo hasta que éste aguante.


El pasado domingo, mi barrio se echó de nuevo a la calle para celebrar una misa en la plaza del Altozano y la posterior procesión con el Simpecado de su Hermandad del Rocío hasta la catedral hispalense, con motivo del bicentenario de su creación. De nuevo, los mantones a los balcones y el barrio entero engalanado como en sus días más grandes y hermosos, y Triana convertida nuevamente en pueblo para dejarse ver y hacerse sentir por sus calles con olor intenso a romero del Aljarafe cercano.




Todo es gloria en estas grandes manifestaciones. Pero cuánto me gustaría que Triana no se tirase sólo a las calles para seguir por ellas a sus Cristos y Vírgenes, a su María Auxiliadora y a su Simpecado rociero. Cuánto daría porque Triana fuese solidaria con todos los problemas del viejo arrabal y que también se echase a sus calles para protestar por sus grandes y graves problemas ciudadanos, para reclamar por el arreglo de sus carencias, para levantar una voz unísona diciéndole a sus representantes sus muchas carestías; para pedir por un auditorio reclamado desde hace décadas, por el adoquinado de la calle Pureza, por la transformación de su caos de tráfico, porque la mugre desaparezca de todo su dédalo de calles y mínimas plazas, porque se cumpla la ley de protección de fachadas... Me gustaría que Triana se desgañitara no sólo ante estas manifestaciones religiosas en las que siempre da talla de primera clase, sino en la petición de sus cosas urgentes, en exigir a sus políticos lo que prometieron en las campañas electorales, en la revitalización de un barrio que se está muriendo lentamente por culpa de la desidia de aquellos que antes alentaron la esperanza.

Triana siempre será un arrabal abierto a sus grandes compromisos de fe; pero también debe abrirse, y muy principalmente, a un presente que se nos debe y a un futuro que no se nos promete venturoso.


(Fotos: Emilio Jiménez Díaz, José Luis Jiménez Buzón y Diario ABC)

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