lunes, 26 de agosto de 2013

DESDE MI TORRE: EL AMOR A LOS ANIMALES



Teníamos un gato siamés que compré a los niños cuando sólo tenía dos o tres días de edad y al que por sus hermosos ojos azules recibió directamente el nombre de "Azulón". Visitamos un ocho de diciembre de 1980 el tristemente desaparecido mercado de La Alfalfa sevillana, y allí que estaba esta maravilla de gatito que estaba vendiendo un fraile del Convento de San Lorenzo. Los niños se quedaron entusiasmados y, además, tristes porque el pequeño felino estaba metido dentro de una jaula mínima. Nos miramos Lola y yo, y los niños, a la vez, nos miraban a los dos para ver qué determinación tomábamos. Cuando vimos anhelantes esas miradas de ocho, seis y un año y pico del más pequeño, nos encogimos de hombros e iniciamos una de las historias más bellas de la vida de toda la familia. No fue barata su compra en aquellos lejanos tiempos: dos mil quinientas pesetas me cobró aquel buen clérigo por el capricho de los críos. Tampoco sé si fue cara su compra porque, salvando la de los canarios, a los que he sido muy aficionado, ignoraba cómo se movía el mercado de los gatos. 

Lo cierto es que desde el mercadillo, y dado que era el día de la Inmaculada, cuando los pueblos de la comunidad del Aljarafe estrenan el mosto de sus vendimias, dirigimos nuestros pasos hacia Villanueva del Ariscal, pueblo en el que tenía, y tengo, muchos y buenos amigos, y el gato fue la gran atracción. Nos fuimos pronto, ya que los niños estaban deseando ver al gato marcar su territorio en casa, darle el biberón de leche y cuidarlo. Desde entonces, varias generaciones conocieron a nuestro "Azulón". Los veterinarios que lo asistieron en su eutanasia, el día de fin de año de 2003, no daban crédito a que hubiese vivido tanto, considerándolo el más longevo de cuantos habían conocido. Mis amigos lo conocieron viviendo en mi domicilio de la barriada de Santa Ana -desde donde se cayó tres veces de un tercer piso sin pasarle nada-; en la nueva propiedad de la calle Alfarería -donde también aterrizó una vez desde parecida altura, con leves nagulladuras; y en Córdoba, donde finalizó su larga vida y ciudad en la que vivió ocho años. ¡Nuestro querido "Azulón"! 

Era el rey de la casa, y aún con la personalidad egregia de la grey gatuna, era muy cariñoso con nosotros y, además, gratuitamente, el termómetro de la casa. Donde en invierno se sentaba él, de seguro que era el lugar más cálido de la casa; si en verano, el más fresco. Eso sí, había que cerrar los ojos para no ver los arañazos en cortinas, sillones y elementos varios. Era el tributo que había que pagar para disfrutar de su belleza. Recuerdo que en Alfarería teníamos un pasillo muy largo y el suelo era de una porcelana blanca muy resbalosa. Para estirazar los músculos, más de una vez iniciaba su carrera desde la habitación de los críos hasta nuestro dormitorio, con una distancia aproximada de veinticinco metros. Cogía carrera, pero cuando quería frenar no podía y se metía un porrazo de órdago que lo dejaba medio alelado. Lo mismo le pasaba cuando intentaba atrapar una mosca posada en el cristal: se pegaba unos cates terribles creyendo que el cristal no existía. Viajó con nosotros a todos lados. No era nuestra mascota, era uno más de nuestra familia. Recuerdo cuánto lloramos mi hijo Emilio y yo en aquellos sus últimos días, y muy especialmente cuando él se encargo de llevarlo al veterinario para su último fin. Desde entonces, me prometí no tener más animales en casa, y eso que me encantan, aunque no cierro las puertas a que un día me dé por ahí y me enamore, como en aquella ocasión, de alguien que me haga la vida feliz algunos años más.

Mi hija Myriam -en la foto con la que he abierto la página- era una apasionada de "Azulón". Hace unos días, su hija, mi nieta Irene, me escribía un e-mail jubiloso contándome que en el jardín de la casa habían aparecido tres gatitos recién nacidos a los que habían puesto los nombres de "Manchitas", "Nieves" y "Dálmata". Se fueron de vacaciones, pero los gatitos, ya más crecidos, siguen habitando el lugar. Con el cariño que le tiene mi nieta -en esta ocasión, a Nieves-, es muy difícil que se vayan.

¿Cómo pueden existir tan malas personas que los sueltan en las cunetas de las carreteras cuando llega el verano? Me parece que fue el poeta Pepe Hierro, hablando de lo inhumano del ser humano, quien dijo aquello tan tremendo de: Se murió la esperanza / y siguieron viviendo, / sólo los perros mueren / al morirse sus dueños. También los gatos.


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