martes, 24 de enero de 2012

DESDE MI TORRE: LA MADRE DE MARTA


Esa es la otra cara de Marta del Castillo, asesinada y desaparecida, tal día como hoy, de hace tres años. Es el rostro del dolor profundo e insondable de una madre desesperada. Cualquier dolorosa sevillana, con todos mis respetos, es una Nancy a la vera de este rostro que ha ido esculpiendo la dejación y la injusticia. A Eva Casanueva no le hacen falta las lágrimas postizas de la talla de "La Roldana". Sus lagrimales le han dejado los surcos marcados por un río de lutos y desesperanzas. Pónganle una corona y un manto bordado en oro sobre terciopelo negro y súbanla a un paso para encontrar a la Virgen de la Soledad más auténticamente dolorosa. 

No le han matado a su hijo por explicar su palabra comprometida. No ha visto su sepulcro. No ha podido darle un último beso de despedida, ni llevarle flores a su tumba. A Marta, a su hija, la asesinó un niñato de poco más de metro y medio, con el que colaboraron varios sayones que hoy siguen tomando cervezas en la barra de un bar gracias a una blandísima sentencia. A Marta la hemos matado y escondido entre todos para cometer un segundo asesinato: el de esta mujer joven que ya no sabe ni qué edad tiene de tanto y tanto buscar entre las sombras.

Esta mujer, como mi Cachorro, como el Cachorro al que tanta devoción tenía Marta, lleva tres años expirando, tres años que son tres siglos en el alma de una madre. Y lleva en su pecho los puñales del silencio sevillano, tan maestrante y tan del Gran Poder. Espera que Sevilla se tire a la calle en aluvión, como en una tarde de Domingo de Ramos o en la madrugada del Jueves Santo, pidiendo a gritos que canten estos niñatos -¡Ay, cuartel de la Calzá...!- para saber dónde están esas primaveras de su hija Marta, dónde se encuentra... 

Sevilla tiene una nueva advocación, la gran advocación: Eva Casanueva. Son reales los puñales sobre su corpiño, reales sus lágrimas, real y más que demostrado su dolor, verdadero el talante de una mujer que ya no sabe qué camino tomar cuando los asesinos de su hija están todos en libertad, y el único confeso, ese  niñato llamado Miguel Carcaño, ya mismo está tomando un guisqui junto al mismo juez Poncio al que le ha resbalado -dicen que según los formulismos judiciales- el dolor, la terrible pena de esta auténtica virgen de Sevilla.


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