martes, 20 de abril de 2010

EL GRAN TORERO QUE FUI

Para el que alguna vez haya dudado de mi valor, ahí me tiene delante de un Miura de cinco años largos dándole un muletazo por alto que ya quisiera darlo José Tomás. Mi cuerpo estirado, más recto que la carretera de Los Palacios, y mi pierna izquierda alante, como los buenos pateros de la Esperanza de Triana.

Con la edad que tienen estos toreros es muy fácil, pero con siete añitos ya me dirán quién tiene lo que hay que tener para ponerse delante con esa serenidad y tanto arte. Fue en la Feria de 1956, y seguro que mi padre me tenía levantado por detrás para que pudiera asomar mi cabeza por la horizontal del tablero y la imagen quedase apresada para siempre. ¡Cosas de la Feria!

Eran hermosas estas imágenes del retratero feriante con su telón de fondo, su trípode chapucero de madera y su cajón con su cámara de tela negra. Imagen instantánea, revelado instantáneo, pago más que instantáneo. Nada de modernidades, ni de ordenadores, ni de "photoshop". De la nada a la gloria, como yo aquí: torero para la eternidad en sólo cinco minutos.

Esta foto magistral es de pega, claro está. ¿Pero con cuántos toros me he tenido que enfrentar en mi vida, y los que me quedan, y cuántas veces he salido corneado y gravemente herido por los marrajos que atentan contra tu dignidad, tu hacienda y tus sentimientos? ¿Cuántos pitones de la injusticia metidos por el vientre? Lástima que esas corridas no puedan ser testimoniadas ni medibles por máquina alguna. Esas heridas sólo habitan, y para siempre, en nuestros corazones.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada