lunes, 22 de marzo de 2010

RINCÓN COFRADE TRIANERO: LA SAETA

La saeta, bandera flamenca y gitana, es la flecha andaluza que llega hasta los divinos costados de Cristo o de María, pero no con el filo hiriente de la lanza de Longinos, o con los de los siete puñas de la Dolorosa, sino para posarse allí en mansa y blanda caricia, como lenitivo de un dolor, como compasivo consuelo, como susurro de un besos.

Todos los cantes flamencos y andaluces, desde la venerable grandeza de la caña, hasta la gracia salinera y garbosa de las alegrías, llevan el contrapunto luminoso de rasguear de primas y bordones en esa "compañerita" de la copla que es la guitarra. Pero sólo hay una rama en tan frondoso árbol del cante jondo, que sale al aire, pura, limpia, sin arrumacos, sin desplantes, sin quiebros, sin ampararse ni para respirar, en los tercios flamencos de la guitarra; y esa rama es la que partiendo del son angustiado y tremendo de la Debla, llega hasta la litúrgica Saeta, después de pasar por la tormentada hondura de la Toná y el hálito calcinado del Martinete.

La Debla se desprende sola, como una rosa de pasión, de la familia gitana del cante grande, porque su misma angustia le impide convivir con la irónica grandeza de las soleares, con la triste soberbia de las malagueñas, con la retadora altivez de la granadina, con la gallarda valentía de las serranas, con la castiza apostura del fandango de Huelva, o con el ritmo cascabelero o burlón de las bulerías. Y sola, como una novia gitana del cante, forma con su propia sangre una vereda flamenca, por la que llega el cortejo genuinamente "calé" de la toná, el martinete, la seguiriya, para desembocar en la saeta.

Porque es precisamente en lo que la saeta tiene de seguiriya gitana o de martinete, donde la copla cobra hondura de cante grande y bueno, ya que las primitivas saetas eran un estilo monótono, sin bríos, con regusto litúrgico, y es sólo cuando se mete en los tercios gitanos, en esos tercios que como dicen los flamencos son los "tercios que jieren", cuando la copla deja suspenso el corazón y el alma de quien la canta y de quien la escucha.

Y si no, fijarse, cómo en la llamada salida de la copla, lleva un compás suave, casi monorrítmico, como si recordara un salmo bíblico, y es a partir del segundo tercio cuando esta misma se quiebra, se rompe en un lamento, en un quejido, para entrar de lleno en el cante y llegar a los tercios de remate en una explosión del mejor estilo gitano.

Esta es la saeta, la copla que como grito y pregón, bandera y estandarte, se escapa de la garganta del pueblo andaluz, en holocausto por la sublime tragedia del Calvario, en los días nazarenos y sevillanos de nuestra Semana Santa. Esta es la saeta; la copla que como sus hermanas la seguiriya o la toná, es marga como las lágrimas y caliente como la sangre. El estilo flamenco que no quiso cantar al dulce y misericordioso Jesús, que anduvo sobre las olas del mar, sino que como el poeta, puede decir muy bien:

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
múveme tus afrentas y tu muerte.


(R. DE TRIANA. 1955)

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